Sábado, 13 Agosto 2016 09:47

De 1900 a 2000: crecimiento económico con pobreza, desigualdad e inamovilidad social

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Esta segunda entrega presenta, de manera muy sucinta, una mirada SXX desde la perspectiva del crecimiento económico y la acumulación de capitales en la República Dominicana. La primera entrega cubrió casi 400 años, desde la Colonia hasta 1900, donde la pobreza y la inamovilidad social eran el resultado de la falta de crecimiento económico y ausencia de acumulación de capitales. En el SXX y en SXXI se registran resultados parecidos: pobreza, inamovilidad social y desigualdad, pero en un marco de crecimiento económico y acumulación de capitales.

A finales del SXIX aparece nuevamente la industria azucarera, que será el motor de la economía dominicana en los siguientes 100 años (1880-1980). El azúcar de caña era una actividad basada en capitales productivos (que contrastaba con la recolección y el pastoreo de los 4 siglos anteriores) con capacidad de arrastrar al resto de la economía y de someterla al ciclo internacional de los precios del producto. Esa dinámica durará hasta la década de 1980, cuando la industria entró en una crisis irreversible, produciendo una de las mayores transformaciones estructurales de cualquier país de América Latina. Esta transformación, se orientó hacia una dinámica de exportaciones basada en servicios y tuvo una transición de apenas 10 años, registrando un enorme costo en calidad de vida. La nueva dinámica se consolida en la década de 1990 y tiene como eje fundamental de competitividad el bajo salario (individual y social), que se convierte en el largo plazo en el principal y casi único precio de ajuste a las variaciones de otros costos de la economía.

Lo curioso es que, durante estos 115 años, el modelo económico cambiará varias veces, ya sea en los sectores que generan el excedente económico, en la forma de su apropiación, en su destino o en la institucionalidad subyacente que lo reproduce, pero persistirá el mismo resultado. Es decir, diferentes dinámicas de acumulación generan los mismos resultados: perseverante pobreza, inamovilidad social, desigualdad social y territorial, así como un significativo retraso de la calidad de vida (el valor esperado) en el país comparado con el mundo dado la riqueza por habitante.

Entre 1900 y 1930 se consolida la industria azucarera, para ello fue necesario desmontar el sistema de propiedad comunera, desmontar la pequeña propiedad campesina en la llanura costera del sur, crear un marco de incentivos a esa industria y facilitar la importación de mano de obra. En esos años se consolidó la pérdida de soberanía nacional por el manejo inadecuado de la deuda pública externa y la coyuntura internacional que condujo a la pérdida del control de las aduanas y luego a la intervención (dictadura militar) del Gobierno de los EEUU.  Así como se desmanteló la incipiente industria con la reforma arancelaria de 1919. Ello ocurría en el marco de una gran desigualdad social como establece Mutto (2014).

 

Según datos de Zanetti (2012), la producción promedio de azúcar de RD en la primera década del S XX (1900-09) era de 54 mil toneladas anuales, lo cual representaba el 5% de la producción de Cuba y el 30% de Puerto Rico. En la última década de ese período (1920-29), la producción de RD se había multiplicado por 5 (266 mil toneladas) pero apenas representaba el 5.9% de la producción de Cuba y la mitad de la producción de Puerto Rico. Estas cifras muestran la velocidad de avance de la industria azucarera y el reducido tamaño relativo de la industria dominicana en el Caribe. Sin embargo, constata que ya en la segunda década de este período, la economía dominicana había superado la economía haitiana en magnitudes absolutas, medido por exportaciones reales (Gráfico 1). 

Trujillo (1930-1960) inicia un rápido proceso de acumulación de capitales y comprendió desde muy temprano, como señala Moya Pons (1977), que su riqueza personal dependía del crecimiento de la economía del país. Desarrolló una industria de sustitución de importaciones totalmente al margen de los mecanismos de mercado, convirtiéndola en una industria muy ineficiente, basada en el uso del poder político lo que permitió un proceso circular de acumulación de poder político y económico. Uno conducía al otro. El modelo de acumulación fue exitoso mientras crecieran las exportaciones y entró en crisis porque la dimensión política (la institucionalidad subyacente del proceso de acumulación) generó una implosión del modelo económico. Ese período fue de alto crecimiento económico medido por las exportaciones reales (6.3%) y de relativa volatilidad (más del doble de crecimiento promedio).

La desaparición de Trujillo dio inicio a una transición política (1960-1968) que conduce a los 12 años de Balaguer. Este gobierno da inicio a una estrategia industrial-urbano basado en la sustitución de importaciones (Modelo ISI de 1969 a 1982). La estrategia requería de una rápida acumulación de capitales en ese sector a través de reducir el salario real, sobrevaluar el tipo de cambio, subsidiar la tasa de interés, descapitalizar la agricultura, además se acompañó de un activo programa de inversiones públicas urbanas, entre otros. El resultado fue un aumento de la penetración de las importaciones por unidad de producto (“endogenizando” la crisis), un rezago social impresionante y una tendencia a un exceso de capacidad instalada. Los excluidos seguían siendo la gran población que tenía un salario real decreciente, un salario social que había llegado al mínimo, un sector rural empobrecido, así como un proceso de hacinamiento urbano.

A partir de 1979 se intentó enfrentar el rezago social a través del gasto público que reactivara la oferta de servicios públicos y mejorara el salario promedio de la economía. Esta política demandaba una reforma fiscal que nunca se hizo. Además, coincidió con la crisis del petróleo en 1979 (pasa de US$13 el barril a US$30, Gráfico 2), el aumento de tasa de interés internacional (casi llega al 20% entre 1979 y 1980, con la política del Paul Volcker) y la caída de la demanda de exportaciones tradicionales asociada cambio en la tecnología en la producción de azúcar de maíz y a cambios en las preferencias de los consumidores.  Esta situación externa se combinó con el aumento del requerimiento de importaciones por unidad de producto que se desprendía del Modelo ISI, todo lo cual provoca una tremenda crisis fiscal y de balanza de pagos. Terminado así la industrialización por sustitución de importaciones.

En 1982 se inicia una nueva transición hacia la economía de los servicios que durará hasta 1990. Esta transición inicia como un ajuste macroeconómico ortodoxo para enfrentar la crisis financiera y de divisas. La lógica de esa política, acompañada con el FMI era simple: deprimir la economía hasta encontrar la tasa de crecimiento del PIB compatible con el equilibrio de la balanza de pagos.  Los ejes fundamentales de la política eran la devaluación, la liberalización de la tasa de interés, una reforma fiscal (ampliación base tributaria, impuestos indirectos y reducción del gasto público), flexibilización de los precios de la economía. En 1986, los ingresos de divisas se habían reestructurado (por efecto de la devaluación y el marco de incentivos), la economía volvía a crecer, el peso se revaluaba y la economía se estabilizaba. El costo en calidad de vida fue inmenso, el desempleo ampliado superaba el 27% en 1984, se deterioraron los servicios públicos y el salario real se desplomó. (Gráfico 3)

En 1986, sobre la base de la nueva estructura y dinámica productiva de la exportación de servicios, se intenta aplicar una política económica que correspondía más al esquema de los 12 años de Balaguer. Se intentó controlar el tipo de cambio y la tasa de interés, se aplicó un activo programa de inversiones públicas, se intentaron controlar los precios, así como se decidió el no pago de la deuda en pesos, pero si en dólares lo cual aumentó la emisión de dinero. El resultado fue la crisis más profunda de la economía dominicana desde que se registran cifras macroeconómicas: el desempleo subió a 20%, más de 600 mil personas desempleadas, el nivel de precio había aumentado en un 250% entre 1986-1990 mientras que la moneda se había depreciado en casi un 200%, los apagones, la escasez de combustibles y alimentos convirtieron las colas en una cotidianidad para la población y el PIB percapita había caído en -7.2% en 1990. Al final, la población había pagado un alto costo del invento de política económica del Dr. Balaguer.

En 1990 en el marco de una profunda crisis política Balaguer negocia con las “fuerzas vivas de la nación” su permanencia en el poder a cambio de iniciar la aplicación de las reformas neoliberales, que habían sido sintetizadas en el Consenso de Washington. Entre 1990 a 1996 se aplicó básicamente la parte fiscal mientras que de 1996 hasta 2000 se aplicó con entusiasmo la liberalización y privatización. Era evidente que las reformas neoliberales no reestructuraban los ingresos de divisas (cosa que había ocurrido a mediando de la década de 1980), sino que desmontaban lo que quedaba de la sustitución de importaciones (Gráfico 3).

Los años de 1992 al 2000 fueron de crecimiento económico (casi 7%). Este crecimiento estuvo asociado a un ambiente internacional de expansión (el crecimiento de EEUU fue de 3.84%), a la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, a las leyes de incentivo del turismo y zonas francas y a la estabilidad macroeconómica después del pacto de Balaguer en 1990 (Gráfico 4).

La dinámica de la economía había cambiado en la década del noventa. Los ingresos de divisas (exportaciones no tradicionales y servicios) eran apropiadas por los grupos privados creando una dinámica de concentración del ingreso y poder que captura al Estado, debilitando aún más la deficiente institucionalidad. Ello influye en la estructura del gasto público y en el régimen impositivo, lo cual afecta la competitividad sistémica del país. Esta dinámica conduce a mayor concentración del ingreso, a un ajuste en el salario real (individual y social) a la baja, a una reducida elasticidad producto empleo y pobreza. Además, contribuye a fortalecer la “paradoja del progreso” donde el desarrollo del país se mide por las cosas y no por la calidad de vida de la gente, convirtiendo al clientelismo político en el mecanismo de inclusión social.

Pero la discusión de la dinámica de la economía de las exportaciones de servicios (2000-2015) será la semana que viene.

 

Miguel Ceara Hatton

Economista

Sobre mí

Intelectual dominicano. Autor de numerosos libros, artículos e investigaciones sobre la realidad social y económica dominicana y de la región caribeña,  temas de política y economía internacional, desarrollo humano, macroeconomía y políticas públicas. Ha estado vinculado a la Asociación de Estados del Caribe, al Centro de Investigación Económica para el Caribe (CIECA), al INTEC y a otras organizaciones nacionales e internacionales.