Miércoles, 31 Agosto 2016 16:20

Liderazgo institucional y democratización pública

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“Nuestra aspiración es que un día, cuando los niños que están empezando hoy a hablar sean hombres viejos y de nosotros no quede si no una cruz sobre una tumba, esos viejos les digan a sus hijos que el compañero Juan vivió y murió pensando cada hora de cada día en servir a su pueblo”.

Juan Bosch

Adam Smith para graficar la dimensión social del hombre en su doble faceta, el de la naturaleza y el de la naturaleza social, nos decía “No esperéis de la benevolencia del cervecero la cerveza, o de la panadería el pan; ellos os los dan por su propio interés, pero también su interés es teneros contentos con su cerveza y con su pan, pues de ello dependen sus propias satisfacciones”. Es el trazado de los límites entre el egoísmo y la racionalidad. El egocentrismo, hilvanado en su génesis, no puede construir una colectividad armónica. Al final se destruye por la configuración de su origen y de su esencia.

Es la puesta en escena de lo que presenciamos hoy: Los actores políticos que comprometen el futuro para disfrutar el presente y vivir como jeques árabes en una sociedad pobre. Es una irresponsabilidad social e institucional que se expresará de manera negativa en el conjunto de la sociedad en los próximos 2 – 4 años, con este endeudamiento galopante. Consigna Diario Libre “La deuda pública no financiera creció U$1,561.7 millones de dólares en el semestre”.

Se requiere de un liderazgo institucional –social que empuje la democratización pública, que asuma el compromiso de la lucha por el bienestar común, que desdibuje la inercia, la cuasi parálisis y fragmentación de los actores sociales, de los actores estratégicos en una sociedad democrática (empresarios, academias, iglesias, medios de comunicación, etc. etc.). Hay, si se quiere, en los últimos 12 años un proceso de hegemonización partidaria que ha traído consigo una vida institucional letárgica, para decirlo en el lenguaje de Frank Moya Pons en su libro “El Pasado dominicano”. A pesar de que la economía crece, en el orden de proyecto colectivo “dormitamos”, encontrándonos cuasi constreñidos, constipados, en la madeja de un discurso de virtualidad mediática, más que la realidad misma.

El resultado, merced a esa inercia, a esa indiferencia, a esa búsqueda de soluciones individuales, meramente corporativista de problemas institucionales, es el acrecentamiento del autoritarismo, de la exclusión y de la involución y degradación institucional; bosquejado muchas veces en un lenguaje destemplado, en el resumen de los 7 Pecados Capitales: la Soberbia, la Ira, la Gula, la Avaricia, la Lujuria, la Envidia y la Pereza.

Toda la problemática institucional encierra un debilitamiento de la democracia como sistema, pues la democracia en tanto que construcción permanente, se viabiliza de manera más expedita asimilando la diferencia, la diversidad, la tolerancia y el respeto del consenso en medio del disenso. La unanimidad está ausente en toda organización social vinculada al juego de la democracia. No se hace más democracia en medio de la manipulación, la mentira, el engaño y la imposición per se. A corto plazo se alcanzan sus objetivos, empero, destruye luego en un instante, todo lo alcanzado.

En el liderazgo institucional la decencia obliga a desarrollar la cultura dialógica, a incorporar lo más posible a los actores que quieren levantar sus esperanzas, reivindicar con su dignidad en el espacio cierto, su existencia como tal, en la combinación trascendente de la verdadera vida: el juego de lo individual y lo colectivo. No se atropella, no se descarta, no se subestima ni se niega en la práctica de hoy, lo que ayer fue su ejemplo en el ascenso.

En el libro de los autores Daron Acemoglu y James A. Robinson, “Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza: Por qué fracasan los países” nos demuestran de manera lapidaria como la prosperidad y la pobreza están determinadas por la calidad de las instituciones, por los incentivos creados por las instituciones y como la política determina que instituciones tiene un país. Es así, diríamos nosotros, como determinamos la calidad y la decencia y el compromiso real de los actores políticos con la sociedad.

Que en una sociedad un candidato a Diputado gaste alrededor entre 25-40 millones de pesos que en 3 períodos no logra recuperarlos; que el Congreso tenga un presupuesto más alto que el Poder Judicial; que todavía los congresistas tengan su barrilito y cofrecito y 39 de ellos sean riferos, habla muy mal de la vida de una sociedad en cuanto al liderazgo institucional. Es esa execrable pobreza institucional que nos envuelve y nos acogota como país, que nos impide vernos y mirarnos con objetivos válidos hacia una sociedad con mejores niveles de cohesión social.

Un liderazgo institucional tiene que cobrar cuerpo para evitar y neutralizar ese “liderazgo” transitorio, frágil y etéreo que se construye y se solapa en el poder que dan los resortes del Estado, configurado y condicionado cada día más en un poder más centralizado, más vertical, más autoritario y más personalista, donde el imperio de las leyes solo se asume cuando a ellos les conviene.

La instrumentalización de las leyes no puede ser una mera pantomima, recreadas en aquellos que no tienen nada que perder si logramos dibujar su pasado en apenas 20 años. Su naturaleza social, más allá de la opulencia actual, les impide verdaderamente, asumir un liderazgo institucional que coadyuve a “democratizar la democracia” y que asuma al conjunto de la sociedad como aliados y no como adversarios.

Ameritamos de un liderazgo institucional que rupture esta anomia, esta descomposición social, esta atomización, esta flagelación construida en una arquitectura institucional de la simulación y el cinismo, del juego sempiterno del galimatías. ¡Un liderazgo institucional que vaya más allá del toma y daca y que recree la vida pública desde un horizonte más halagüeño, más significativo. Ello es posible! En esta sociedad tan gris, mi apuesta es que “El intelectual piensa el mundo, ya sea parcialmente, e incluso incidentalmente, pero se sitúa plenamente en él: las palabras son actos; las ideas, armas; las teorías, cánones”.

Cándido Mercedes

 

Sociólogo

Sobre mí

Maestría en Alta Gerencia, Especialista en Gestión del Talento Humano, Sociología  Organizacional y Desarrollo Organizacional y Gerencia Social, se desempeña como Consultor  e Instructor Gerencial. Catedrático de las Maestrías de Alta  Gerencia y Gerencia Financiera, del INTEC, Coordinador  de las  Maestrías  en Administración y Recursos Humanos, de la UCE, fue Consultor del PNUD.