Miércoles, 30 Noviembre 2016 15:53

Saldando cuentas con Fidel

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Compartí con Fidel una sola vez en mi vida. Yo tendría unos diez años de edad y en aquella ocasión él otorgaba a Juan Bosch la Orden José Martí. Al culminar la ceremonia, se acercó a nosotros, a saludar a la familia. Bosch le dijo, refiriéndose a mí: “este es mi nieto cubano”. Fidel puso sus manos sobre mí, y en aquel momento me estremecí todo. A los días siguientes, mis amiguitos de escuela sencillamente no creían que aquello hubiese pasado. Estar con Fidel era viajar por la galaxia, como en una película de ciencia ficción.

Casi treinta años han pasado de aquel hecho, y para mi generación es importante saldar cuentas con Fidel: qué nos deja, con qué quedamos al final del camino.

No se trata de Fidel el individuo, se trata de algo mucho más grande. Fidel el conductor y protagonista de la Revolución cubana. La Revolución cubana como el proceso político más importante de la historia de América Latina posterior a la conquista europea, y proceso decisivo en la Historia universal.

Para saldar esas cuentas y pasar balance, es imperioso depurar las mistificaciones.

Como aquella de que Fidel Castro fue un dictador. Alguien cuyas decisiones no tenían contrapeso y tampoco tenían límites, y podían afectar cualquier espacio de la vida, colectiva e individual.

Una afirmación así es tan sonora como vacía de contenido. Sin matices, sin explicaciones ni desarrollos, la frase es tan ambigua como empobrecedora. Dictador fue también Simón Bolívar, y no por ello es lo mismo que Pinochet, que Videla ni Somoza. Fidel no terminó -como para algunos está de moda decir- siendo “otro dictador en la Historia de Cuba”. No se puede echar un concepto a un licuado de “arroz con mango” como si nada.

Las dictaduras realmente existentes, en América Latina, fueron más que los designios de un hombre -como dice Galeano de Fidel- que confundía “la unidad con la unanimidad”. Las dictaduras latinoamericanas fueron el silenciamiento de toda discrepancia por medio del asesinato, la desaparición y el exterminio. En resumidas cuentas, en terrorismo de Estado. Eso nunca ha ocurrido en la Cuba gobernada por Fidel.

También las dictaduras latinoamericanas fueron el saqueo del erario, la privatización y la entrega a poderes transnacionales de las riquezas de nuestros países. La fabricación de enormes fortunas mediante el robo y el gobierno de mafias político-militares, a costa de la miseria generalizada. Eso nunca ocurrió en la Cuba bajo el gobierno de Fidel.

Por demás, bajo ninguna dictadura mejoró en nada la calidad de vida de los habitantes de ningún país. Todo lo contrario, los estudios internacionales serios han ubicado a Cuba, sistemáticamente, a la altura de los países más desarrollados en aquellos aspectos fundamentales de la calidad de vida y la dignidad existencial de los ciudadanos.

Y a diferencia diametral de las dictaduras gorilistas latinoamericanas, desde 1959 en Cuba no imperó el oscurantismo…Ni siquiera el conocido “quinquenio gris” en los años 70 sirvió para determinar que ello sucediera. Nunca, jamás, en Cuba hubo una época de mayor luz para la creación, más proliferación de las artes, mayores avenidas para la innovación científica, para la labor intelectual y cultural.

Por último, me parece necesario rechazar el acto de afrenta que constituye tildar a Fidel como un tirano, más que por Fidel por respeto al pueblo cubano que, de ser así, sería el pueblo más sumiso, cobarde y estúpido de la Historia universal. Ni en las tiranías más perfectas se ha visto que el pueblo no resistiera y se levantara.

El pueblo cubano no compró derechos sociales al costo de derechos políticos. Decir eso es una canallada, que subestima a un pueblo valiente, inteligente y aguerrido. Es -como también diría Galeano- mirar como esclavos por los ojos que el amo del mundo coloca con su gran aparato mediático. El cubano fue un pueblo autor y no obediente soldado de la Revolución iniciada en 1953. Un pueblo lleno de gente que aún hoy se queda en Cuba trabajando con firmeza y convicción, o que desde afuera de Cuba ayuda a que su país salga adelante. Fidel no fue el artífice de un golpe de Estado ni de un golpe de suerte, sino el producto de una lucha histórica colectiva.

La otra gran mistificación es que Cuba fue una colonia del imperio soviético.

¿En qué se sustenta aquello? ¿Bajo qué teoría del colonialismo y el imperialismo puede afirmarse algo así?

La URSS no extrajo nunca ni se apropió jamás las riquezas del país. Nunca decisiones tomadas en su capital Moscú fueron las que determinaron las decisiones ni el rumbo cubano. Es cierto que se mantuvieron desiguales términos de intercambio comercial que retrasaron el desarrollo de Cuba como país periférico. Y que, como necesidades tácticas y estratégicas, Cuba se alió a la URSS en 1962 o si el gobierno de Fidel terminó avalando la invasión a Checoslovaquia. Pero ello no equivale a haber sido un “satélite” y menos una “colonia”. La prueba más contundente de aquello fue la incursión de Cuba en la guerra de Angola. A contrapelo del enfoque soviético, Cuba participó, envió tropas y fue fundamental para vencer a las fuerzas contrarrevolucionarias y, con ello, determinar el derrumbe del Apartheid.

Una tercera mistificación es que el bloqueo es simplemente una gran justificación y un artilugio discursivo. Un mero detalle más.

Frente a esto, sólo es necesario afirmar que no existe sobre la faz de la Tierra un solo país del tamaño, población y economía similar a Cuba que pudiese resistir 54 años de bloqueo económico y financiero. Sencillamente colapsaría y se derrumbaría. Un país tan rico y grande como Chile, no pudo resistir el bloqueo impuesto a Allende sumado al boicot económico interno. Que Cuba se hubiese podido sostener debe ser un motivo de orgullo para toda persona con mínimo sentido de la dignidad y la justicia frente al abuso.

Dicho todo lo anterior, creo que Fidel sintetiza un proceso con logros inmensos y con fracasos también. Y en ningún caso vamos a caer en la trampa de que los primeros justifican a los segundos, o que todo lo malo resultó ser “un error” o un “exceso”. Eso lo hacen los contrarrevolucionarios. Nosotros tenemos que plantarle cara la verdad.

Respecto de lo primero, creo que Fidel sacó lo mejor del pueblo cubano y le inoculó la energía subjetiva necesaria para nacer de una vez por todas, haciéndose dueño de su propia Historia, así como protagonista de lo mejor de la América Latina del siglo XX y lo que va del siglo XXI. Cada vez que un médico cubano sana a una persona en Haití o en el lejano Pakistán, está de nuevo la Revolución entrando en La Habana un 8 de enero de 1959.

Asimismo, puedo sostener que no existe un solo pueblo latinoamericano en 2016 cuyo hombre y mujer promedios, conozcan la calidad de vida que experimentaron el hombre y la mujer promedios de Cuba hacen ya 30 años. Los ochenta fueron la época en que Cuba pudo desarrollar al tope el potencial del modelo en que se había encausado, y sus éxitos fueron rotundos. Y no “gracias a los regalos de la URSS”… No eran soviéticos los que diseñaban el presupuesto nacional, los que enseñaban en las escuelas, los que curaban en hospitales, los que corrían en Olimpiadas ni los que hacían grandes descubrimientos científicos…Tampoco los que nos escribían los libros, hacían música o trataban de desarrollar una incipiente industria. Tildar a Cuba como a un parásito o un niño mimado es una infamia. Nunca se estuvo tan cerca de hacer realidad el ideal del “hombre nuevo”. 1991, el derrumbe final de la URSS, marcó un antes y un después en ese andar. Las bases de sustentación del proyecto cubano sencillamente se desplomaron. Que el país no haya implosionado -como soñaban en Miami y en Washington-es realmente un milagro. Obra de otra genialidad de Fidel. A partir de 1991, la tarea ha sido resistir y en medio de ello tratar de continuar la senda iniciada.

Creo, por cierto, que todo aquello fue realizado en un estado de guerra. Cuba fue Cuba no en el vacío universal, sino bajo un concreto orden, el de una dictadura mundial impuesta desde el mayor imperio de la Historia a punta de guerras, genocidios, golpes de Estado, boicots y bombas atómicas. Cuba fue también la violencia…la violencia revolucionaria. ¿Acaso los pueblos no tienen derecho a ella alguna vez? Fidel y la Revolución cubana no hicieron nada peor ni nada mejor que lo que bajo esas condiciones pudieron hacer las Revoluciones -pasando por la francesa, la norteamericana y la haitiana- del siglo XVIII, XIX y XX, siglos que en absolutamente nada se parecieron a la panacea de la libertad. Aún así, dentro de ese margen, Fidel y Cuba hicieron y hacen, hasta hoy en el diálogo interno de Colombia, mil veces más por la libertad, la paz y la dignidad humana que todas las potencias occidentales juntas.

Finalmente, a la hora de hablar de fracasos, se puede sostener que la Revolución cubana diseñó un sistema constitucional y de organización social que en teoría tenía el potencial de convertirse en la democracia más perfecta jamás conocida. Y creo que ello no ocurrió. Quedó en deuda consigo misma. Creo, como Eduardo Galeano, que adquirió demasiado peso una cúpula burocrática que sustituyó la participación popular, y se volvió una costumbre oír más los ecos que las voces. La Asamblea del Poder Popular terminó en la práctica no siendo el órgano superior del Estado cubano…la legalidad terminó revirada contra espíritu de la ley. Las relaciones de poder no escritas en ninguna norma pudieron más que lo escrito y lo declarado. El estado de guerra trajo aparejado la exacerbación del control a las diferencias. Las organizaciones sociales dejaron de ser expresión transparente y autónoma del pueblo y las bases, amén la defensa de la unidad. Creo que la percepción de la amenaza externa y la necesidad de cohesión interna premió más la lealtad que la creatividad, la polémica y las alternativas, y se desdeñó la eficiencia y la eficacia. Separó la toma de decisiones sustantivas de las instancias de discusión abierta y franca. Se generó miedo, rechazo y sospecha a la opinión disidente o discrepante, la que a partir de ciertos niveles por mucho tiempo se estigmatizó con el que pasó a ser el peor de los epítetos y una vacuna contra el disenso: “gusano”. Se enajenó de la construcción del proyecto a demasiadas personas valiosas. Se estereotipó la “conducta revolucionaria”, incluso al costo de muchas veces valorar más a los mediocres y oportunistas que a los capaces y honestos. Y la experiencia ya nos dice que las cúpulas burocráticas son capaces de convertir una Revolución en un Saturno que se traga a sus propios hijos: pasa a ser el gran obstáculo para el desarrollo de las capacidades sociales, políticas y económicas de un pueblo; se priva de las mejores ideas, se aísla de la crítica, socava las bases populares indispensables del proceso, impide su identificación con el proyecto y el consenso general de que el camino que se sigue sea el correcto.

Tal vez la superación dialéctica de ese tranque está en los postulados del más notable heredero político de Fidel, Hugo Chávez, que creyó en una revolución “pacífica pero no desarmada”, con una sólida democracia “participativa y protagónica”. Lamentablemente, al igual que Fidel, Chávez ya no está. ¿Cómo se garantizará que aquello se logre? La supuesta democracia capitalista no da respuestas para ello, es un miserable simulacro. Para nuestra generación, el saldo de lo vivido es la demostración incontrastable de que las sociedades latinoamericanas pueden ser capaces de ser libres y justas, la gratitud inmensa al gigante barbudo, y a la vez que las revoluciones tienen que ser radicalmente democráticas, para, como diría Fidel, “poder cambiar todo lo que deba ser cambiado” y “defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio”, para no correr el riesgo de terminar sacrificando todo.

Valga un último párrafo para el escándalo de Miami. Como ha dicho Frei Betto, quienes celebran la muerte de Fidel (de viejo, en su cama y ya no como presidente) frente al café Versalles o donde sea, están celebrando su propio fracaso y su propia incapacidad…Su fracaso y su incapacidad para haber logrado derrocarlo, y para haber propuesto al pueblo de Cuba al menos una idea que pudiera ser respetable y aceptable. Jamás se ha conocido un luchador por la democracia ni un exiliado que acepte que una potencia someta su patria al bloqueo y al sufrimiento. Eso es su “lucha”: una mentira, un pedazo de papel doblado y vuelto a doblar. Una suma de simulacros para justificar residencias express y subsidios envidiables. Seguiremos divididos, no ya por Fidel, sino por el sentido de la honra. Al fin y al cabo, esa ha sido siempre nuestra gran diferencia.