Jueves, 16 Marzo 2017 15:26

Denuncias de acoso sexual

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Emma Sulkowicz denunció haber sido violada por un compañero de estudios de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Posterior a la denuncia tuvo que soportar cruzarse reiteradamente con su agresor, la impunidad judicial y la revictimización sometida ante el consejo universitario, donde además de tener que describir con detalles el hecho, un integrante expresó no entender cómo una persona podía ser violada analmente.

La entonces estudiante tomó el colchón, “el maldito colchón” donde fue violada, como obra de arte para su tesis, llevándolo consigo por todo el campus universitario. Emma encontró manos solidarias que se fueron sumando a cargarlo hasta el día de su graduación. Pero también levantó un debate público y un movimiento de protestas contra la impunidad del abuso sexual que llegó a otras universidades y a la Oficina de Derechos Civiles  del Departamento de Educación, la que emitió un comunicado sobre centros de estudios que se encontraban bajo investigación por posibles violaciones a leyes federales en el manejo de denuncias sobre violaciones o acoso sexual, dentro de ellas Berkley, Harvard y Ann Arbor.

El acoso sexual, como otros actos de violencias contra las mujeres, ocurre con mucha frecuencia en el ámbito privado, lo que constituye un gran reto para las sobrevivientes demostrar ante el sistema de justicia la veracidad de los hechos. Lógicas machistas patriarcales imponen los procedimientos, formas de comprobación y, sobre todo, de interpretación.

Por lo regular, cuando existe una acusación o denuncia es muy probable que haya una secuela de agresiones contra otras que no se atrevieron por temor o  amenazas, a exponerse o a ser estigmatizadas.

La manipulación es el mecanismo por excelencia del acosador o abusador sexual. Elige sus víctimas y sus cómplices, directos o indirectos, con la mayor profesionalidad. La sensibilidad humana, responsabilidad paterna, entre otras cualidades positivas pueden mezclarse con las conductas agresivas. Lo bochornoso del acto, su impacto indignante, y la carga ética puede causar incredulidad en sus familiares, círculos profesionales y personas de afecto.

Así lo fue para Hillary Clinton, quien llegó afirmar, ante varias acusaciones de acoso sexual contra su esposo, que toda mujer víctima debía denunciar y demostrar el acto ante tribunales. La declaración provocó expresiones de rechazo a su posición desde instituciones no gubernamentales dedicadas a la prevención  y atención del abuso sexual. La ex canciller durante su candidatura a la presidencia colocó el tema de manera indirecta condenando la instrumentalización de la violencia sexual a las mujeres en contexto de guerra.

También fue decepcionante para toda la comunidad que exaltó la profesionalidad del siquiatra argentino Jorge Corsi, autor de cinco libros sobre violencia doméstica, asesor del gobierno español en la redacción de la ley de violencia y de la Agencia de Cooperación Española (AECID), condenado a   tres años de cárcel por explotación sexual infantil. Hoy ya  en libertad.

Intervenir a tiempo en comprometer la conducta violenta y manipuladora del agresor evita que otras sobrevivientes caigan en el poder masculino violento. También le ayuda a él mismo a manejar su conducta dañina hacia otros y hacia sí mismo. La complejidad de la violencia contra las mujeres requiere apertura a su entendimiento y disponibilidad con asertividad, procurando empoderamiento en la sobreviviente y despojo de privilegios del agresor para el ejercicio de una masculinidad respetuosa.